sábado

Capítulo 5

5

-Abre las ventanas, Zedran. Y corre las cortinas. Quiero oler el bosque.

El chico, radiante de alegría, hizo lo que su amiga le pedía.

Al abrir los postigos las cortinas volaron a su alrededor y las nuevas fragancias penetraron en la habitación. El cabello largo de Maia se agitó y ella respiró con ganas aquel nuevo aire. La princesa apartó las mantas y se puso de pie en sus blancas y débiles piernas.

Zedran corrió junto a ella para sostenerla, pero la princesa le sonrió y lo apartó. Caminaba algo tambaleante hacia la ventana y otra ráfaga de viento inundó la estancia. Y esta vez el viento no solo trajo aromas, también decenas de pequeñas flores que volaron alrededor de ellos.

-El hada me está esperando-dijo Maia, en voz baja, una vez alcanzó el alféizar de la ventana. El bosque ya no parecía tan mustio ni abandonado.
-Te llevaré con ella si lo deseas-le susurró Zedran en su oído.

Esa noche, cuando el aya ya dormía en su propia habitación, Zedran se coló como tantas otras veces en los aposentos de Maia. Salieron pocos minutos después, sin hacer el más mínimo ruido. Zedran cargaba a la princesa a su espalda

Recorrieron las calles amparándose en la negrura de la noche y pronto alcanzaron el principio del bosque. Los dos jóvenes caminaron cogidos de la mano. Zedran rodeaba el cuerpo de la princesa con su brazo para que no cayera al suelo al tropezar con algo. Pero lo cierto es que Maia se movía con inusitada soltura entre las ramas, los troncos caídos y los ahora verdes arbustos. Una leve luz se distinguió no muy lejos y Maia le habló a Zedran.

-Gracias por traerme, Zedran, pero creo que quiero seguir sola.

El muchacho no pudo disimular la desilusión de su rostro.

-No me interpretas mal, Zedran. Te querré siempre a mi lado. Pero quiero experimentar lo mismo que sentiste tú, vagando solo por el bosque, en dirección a la luz, hasta encontrar al hada.

Zedran lo pensó unos instantes pero finalmente accedió.

-Estaré aquí si me necesitas.
-Lo se, Zedran-dijo abrazándolo brevemente.

La princesa caminó con la mirada fija en la luz. Los primeros metros, Zedran pudo seguirla con la mirada pero cuando se internó en el resplandor la perdió de vista.

Maia llegó al claro protegiéndose los ojos, sin darse cuenta de que ramas y raíces del suelo se apartaban para que no tropezara. Una vez se hubo adentrado en el pequeño espacio desarbolado, la luz se mitigó y pudo abrir los ojos con normalidad.

El hada Gaby estaba en medio del claro. De pie, con su pelo rojizo suelto y brillante.

-Hola, princesa-le dijo sonriendo y avanzando hacia ella.- ¡Eres justo como me imaginaba!-decía alegremente dando vueltas alrededor de ella mientras la observaba con entusiasmo.
-¡Tú eres el doble de hermosa de lo que Zedran te describía!
-Tú serás 1000 veces más hermosa-el hada se detuvo y la cogió de las manos.-Tu bosque te estaba esperando, princesa.
-¿Mi bosque?-preguntó sin comprender.
-¡No lo entiendes! ¡No fue mi magia la que te curó! ¡Fue la magia del bosque!

Maia no dijo nada. Miraba a Gaby sin entender nada. Ésta resopló y la llevo con ella hasta el tronco caído, para sentarse juntas.

-Princesa Maia, ¿sabes por qué el bosque estaba triste?
-No. ¿Por qué? Yo siempre lo he visto así.
-Cada bosque es cuidado por una o más hadas. Este bosque tenía un hada, pero ella murió, por eso se marchitó.
-Pero eso debió haber sido hace mucho tiempo, ¿no es cierto? Porque a mi nadie me ha contado nunca nada sobre esto.
-Probablemente sólo lo sabía una persona-dijo el hada sonriendo.
-¿Quien?-preguntó ansiosa la princesa.
-Tu padre.
Maia se quedó sin palabras.

-¿Mi padre…? ¿Por qué iba mi padre a…?
-Tu madre era un hada, Maia. El hada de este bosque. Y cuando ella murió, el bosque se puso triste y se marchitó porque ella ya no estaba. Pero ahora está contento y vivo otra vez.
-Si, porque tú lo has cuidado…-dijo Maia aun sobreponiéndose.
-No, porque tu estás aquí.
-Pero…
-Tú eres mi misión, Maia. Debía encontrarte y presentarte a tu bosque. Ahora que os habéis conocido los dos os curaréis mucho más rápido. ¿Por qué crees que has estado siempre enferma?-esperó por si Maia contestaba pero no lo hizo.-El bosque alimenta tu vida como tu alimentas la del bosque. Yo solo lo he despertado para ti.
-¿Cómo voy a ser yo un hada?
-Lo eres-repitió Gaby con dulzura. –Ven, te mostraré algo.

Cogió delicadamente su mano y la llevo hasta un arbusto que recientemente había reverdecido.

Gaby sonrió divertida a la princesa y a continuación tocó con uno de sus finos dedos una rama del arbusto. Al instante esta se llenó de flores y Maia jadeó de emoción.

-Ahora tu-le indicó Gaby con impaciencia.

Maia, con timidez, alzó una mano. No bien su dedo rozó una hoja, todo el arbusto quedó cuajado de flores. Y más y más flores se extendieron a su alrededor contagiando a la hierba y a otros árboles y arbustos. La princesa se sentía fuerte y viva.

Gaby dio un gritito de alegría y agarró a Maia de la mano. Echó a correr hacia el interior del bosque arrastrándola con ella. Por donde Maia pisaba la hierba reverdecía. Lo que rozaba con sus dedos se llenaba de flores.

Ya habían pasado un par de horas desde que la princesa dejó a Zedran solo. El muchacho se había sentado sobre la hierba con la espalda apoyada en un árbol. Suspiraba de aburrimiento cuando observó con asombro que la hierba se volvía de un verde intenso a su alrededor, y que por todas partes surgían diminutas flores que lo inundaban todo.

Zedran se dio la vuelta, sobresaltado, y se encontró con una sonriente Maia, abrazada al árbol. Zedran miró hacia la copa del árbol y vio como se volvía verde y frondoso. Se dio cuenta de que todo el bosque había cambiado.

Maia estaba como nunca. Su pelo, normalmente sin vida, estaba brillante y más largo. Su rostro rezumaba vida y alegría. No quedaba nada de la princesa débil y enferma.

Zedran era incapaz de pronunciar palabra. En su interior palabras prohibidas pugnaban por salir. Frases plagadas de sentimientos que nunca podría pronunciar.

-Hola, Zedran-dijo Maia con voz éterea.
-Hola…
-Mi misión ya ha terminado-intervino Gaby.

Maia y Zedran se giraron para mirarla.

-¿Eso significa que te vas?-se adelantó Zedran.
-Ajá-asintió el hada sonriente.
-No te vayas, Gaby-rogó Maia.
-Ya no me queda nada que hacer aquí. El bosque ya tiene un hada para cuidarlo y mi labor ha concluido.
-¿Un hada?-pregunto Zedran sin comprender.
-Gracias por todo, Gaby-dijo Maia adelantándose y tomando las manos del hada entre las suyas.
-Gracias a vosotros-contestó abrazándola con ternura.

Luego se acercó a Zedran y lo abrazó también. Al separarse le sonrió pícaramente y le guió un ojo. Finalmente se separó de ellos y empezó a adentrarse en el bosque, donde poco a poco fue desapareciendo.

Zedran seguía mirando hacia donde el hada se había evaporado cuando Maia le tocó en el hombro. Cuando él se giró la princesa lo miró a los ojos con dulzura. Estaba leyendo en su corazón, tal y como había hecho Gaby la primera vez que lo vio en el claro.

Después de unos eternos segundos en los que ambos se miraron a los ojos a Maia se le aguaron los ojos y esbozó una preciosa sonrisa.

-Yo también te amo, Zedran.

Aquel reino nunca más fue oscuro ni triste y la reina Maia ordenó que se llamara “El reino de la luz”. Pero las gentes del reino, y también el rey Zedran y la reina Maia en secreto, lo llamaban “Gabylandia”.


Dedicado a Gaby Weasley

Gracias por llenar mi vida de luz

Te quiero geme