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Zedran explicó su pequeña aventura al rey. La reunión fue privada y en los aposentos reales. Los guardias tenían orden de llevar al hijo del cocinero en presencia del rey en cuanto este hiciera acto de presencia en palacio.
-¿Sabes algo de hadas, muchacho?-preguntó el rey con seriedad, mientras miraba por el ventanal de su habitación.
-No, majestad. No más de lo que dicen los cuentos, al menos.
El rey permaneció unos largos segundos en silencio, observado la oscuridad.
-Daré orden de que nadie se acerque al bosque. Solo tú tienes mi permiso para ir. Ahora que se ha encariñado contigo, no tendrá reparo en hablarte. Ya puedes retirarte.
Zedran abandonó el ala de las estancias del rey y echó a andar a paso rápido hacia el final del pasillo. En la última puerta, había una anciana tejiendo en un mullido sillón.
-Ha preguntado varias veces por ti, muchacho-dijo señalando la puerta con un gesto de cabeza.
El muchacho abrió la pesada puerta en absoluto silencio y se deslizó en el interior. Unas pocas velas iluminaban una espaciosa y bonita habitación. Desde la cama con dosel, unos ojos grises lo miraban con alegría.
-¡Por fin has vuelto! ¡Mi aya me dijo donde fuiste! ¡Cuéntamelo todo!
Zedran acercó una silla hasta el lecho y se dispuso a quitarse la armadura.
-¡No te la quites! Te sienta muy bien-dijo la princesa sonriendo.
-¿Tú crees?-dijo Zedran haciendo posturitas.
-¡Si! Está claro que tu destino es ser caballero. Hasta la armadura te sienta bien.
-Bueno pero por hoy ya basta. Pesa como un demonio, ¿sabes?-y dejando el casco sobre la silla se dispuso a quitarse el peto.-Bueno, ¿por donde quieres que empiece?-dijo con voz metálica, con la cabeza dentro de la armadura mientras luchaba por salir de ella.
-¡Por el principio por supuesto!-dijo Maia.
Zedran le relató con pelos y señales a Maia toda la historia del hada que se hacía llamar Gabriela. La princesa, recostada entre los almohadones, escuchaba extasiada los detalles como si ella misma hubiera estado en el claro del bosque.
-Quisiera poder verla-dijo Maia medio dormida.
-Cuando te pongas bien te llevaré-le dijo él, acariciándole el pelo.
sábado
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