sábado

Capítulo 3

3

En cuanto se despertó, se puso sus sencillas ropas y salió corriendo de los aposentos de los criados.

Como cada mañana desde hacía unas semanas iba al bosque y pasaba las horas junto al hada. Cada día tenía que buscarla en un lugar diferente, pero no era difícil seguir la luz, aunque ésta era cada vez más tenue porque el bosque estaba ya algo más recuperado.

Aquella mañana la encontró cerca de un arrollo, chapoteando con sus pies descalzos sobre el agua clara. Tan hermosa como siempre, ese día llevaba el pelo recogido en una larga y gruesa trenza rubia.

-Hola, Gabriella.
-Hola, Zedran-dijo ella sonriendo.
-Me gusta el nuevo arrollo.
-Gracias. El bosque necesita más agua. No se cura suficientemente rápido.
-¿Acaso tienes prisa por terminar?
-Algo así…-dijo ella con una mirada misteriosa.-Te ocurre algo.-dijo después de unos minutos en los que ninguno habló.
-¿A mi?
-Ajá.
-No me ocurre nada.
-Sabes que puedo sentirlo.

Zedran suspiró profundamente.

-¿Recuerdas a mi amiga Maia?
-Claro. La princesa.
-Está muy enferma. Hace días que ni siquiera la veo. Cuando tiene tanta fiebre no me dejan ir a verla.
-Te importa mucho. Siento que sufres por ella.
-Claro que me importa. Es mi única amiga… Bueno, ahora también tú lo eres. Pero ella es mi amiga desde que éramos niños.
-Zedran… ¿Soy…soy tu amiga?-preguntó ella, mirándolo, emocionada.
-Por supuesto, no vendría a verte cada día si no lo fueras, Gabriela-afirmó el joven intentando sonreír a pesar de lo mal que se sentía.
-Llámame Gaby-dijo con una enorme sonrisa.
-Está bien-consintió él, un poco sorprendido.

Ella se puso de pie y se internó entre los árboles corriendo. Volvió enseguida con algo entre las manos. Se sentó de nuevo junto a Zedran y se llevó las manos al rostro. Aspiró profundamente y luego exhaló un aire casi luminoso. Zedran sintió que aquel aire lo alcanzaba a él y lo embriagaba de aroma a flores y a hierba fresca, esos nuevos olores a los que se había acostumbrado desde que el hada llegó al bosque.

Gaby bajó sus manos y las tendió, abiertas, hacia Zedran. En el hueco de sus manos había una única flor.

-Cógela y llévasela a la princesa.

Zedran corría hacia el castillo. Mientras avanzaba entre las casas del pueblo algunos aldeanos le increpaban. En el bolsillo de su camisa descansaba la flor del hada. Él sólo podía pensar en Maia. No soportaría perderla. Aunque no fue así desde un principio.

Cuando era pequeño su padre le obligaba a subir a la habitación de la enfermiza princesa para que la entretuviera, previa orden del rey, ya que era el único niño en palacio. Las primeras horas que compartieron juntos fueron incómodas y tediosas pero poco a poco se fueron haciendo amigos, hasta el punto de ser inseparables.

Cuando alcanzó la puerta de la habitación de Maia dio gracias porque el aya no se encontrara allí montando guardia como siempre. Entró rápido pero sigiloso y se aproximó en pocos pasos hasta la cama con dosel.

La princesa tenía la frente perlada de sudor y respiraba algo agitadamente. Su pelo castaño claro estaba mojado y enmarañado sobre la almohada.

-Maia-susurró Zedran. Pero la princesa no abrió los ojos ni salió de sus sueños febriles.
El joven sacó la flor de su bolsillo y la depositó dentro de la mano de su amiga, cerrando sus dedos con los suyos, para que conservara la flor en el interior de la mano.

Zedran se sentó en el filo de la cama y esperó.

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