5
-Abre las ventanas, Zedran. Y corre las cortinas. Quiero oler el bosque.
El chico, radiante de alegría, hizo lo que su amiga le pedía.
Al abrir los postigos las cortinas volaron a su alrededor y las nuevas fragancias penetraron en la habitación. El cabello largo de Maia se agitó y ella respiró con ganas aquel nuevo aire. La princesa apartó las mantas y se puso de pie en sus blancas y débiles piernas.
Zedran corrió junto a ella para sostenerla, pero la princesa le sonrió y lo apartó. Caminaba algo tambaleante hacia la ventana y otra ráfaga de viento inundó la estancia. Y esta vez el viento no solo trajo aromas, también decenas de pequeñas flores que volaron alrededor de ellos.
-El hada me está esperando-dijo Maia, en voz baja, una vez alcanzó el alféizar de la ventana. El bosque ya no parecía tan mustio ni abandonado.
-Te llevaré con ella si lo deseas-le susurró Zedran en su oído.
Esa noche, cuando el aya ya dormía en su propia habitación, Zedran se coló como tantas otras veces en los aposentos de Maia. Salieron pocos minutos después, sin hacer el más mínimo ruido. Zedran cargaba a la princesa a su espalda
Recorrieron las calles amparándose en la negrura de la noche y pronto alcanzaron el principio del bosque. Los dos jóvenes caminaron cogidos de la mano. Zedran rodeaba el cuerpo de la princesa con su brazo para que no cayera al suelo al tropezar con algo. Pero lo cierto es que Maia se movía con inusitada soltura entre las ramas, los troncos caídos y los ahora verdes arbustos. Una leve luz se distinguió no muy lejos y Maia le habló a Zedran.
-Gracias por traerme, Zedran, pero creo que quiero seguir sola.
El muchacho no pudo disimular la desilusión de su rostro.
-No me interpretas mal, Zedran. Te querré siempre a mi lado. Pero quiero experimentar lo mismo que sentiste tú, vagando solo por el bosque, en dirección a la luz, hasta encontrar al hada.
Zedran lo pensó unos instantes pero finalmente accedió.
-Estaré aquí si me necesitas.
-Lo se, Zedran-dijo abrazándolo brevemente.
La princesa caminó con la mirada fija en la luz. Los primeros metros, Zedran pudo seguirla con la mirada pero cuando se internó en el resplandor la perdió de vista.
Maia llegó al claro protegiéndose los ojos, sin darse cuenta de que ramas y raíces del suelo se apartaban para que no tropezara. Una vez se hubo adentrado en el pequeño espacio desarbolado, la luz se mitigó y pudo abrir los ojos con normalidad.
El hada Gaby estaba en medio del claro. De pie, con su pelo rojizo suelto y brillante.
-Hola, princesa-le dijo sonriendo y avanzando hacia ella.- ¡Eres justo como me imaginaba!-decía alegremente dando vueltas alrededor de ella mientras la observaba con entusiasmo.
-¡Tú eres el doble de hermosa de lo que Zedran te describía!
-Tú serás 1000 veces más hermosa-el hada se detuvo y la cogió de las manos.-Tu bosque te estaba esperando, princesa.
-¿Mi bosque?-preguntó sin comprender.
-¡No lo entiendes! ¡No fue mi magia la que te curó! ¡Fue la magia del bosque!
Maia no dijo nada. Miraba a Gaby sin entender nada. Ésta resopló y la llevo con ella hasta el tronco caído, para sentarse juntas.
-Princesa Maia, ¿sabes por qué el bosque estaba triste?
-No. ¿Por qué? Yo siempre lo he visto así.
-Cada bosque es cuidado por una o más hadas. Este bosque tenía un hada, pero ella murió, por eso se marchitó.
-Pero eso debió haber sido hace mucho tiempo, ¿no es cierto? Porque a mi nadie me ha contado nunca nada sobre esto.
-Probablemente sólo lo sabía una persona-dijo el hada sonriendo.
-¿Quien?-preguntó ansiosa la princesa.
-Tu padre.
Maia se quedó sin palabras.
-¿Mi padre…? ¿Por qué iba mi padre a…?
-Tu madre era un hada, Maia. El hada de este bosque. Y cuando ella murió, el bosque se puso triste y se marchitó porque ella ya no estaba. Pero ahora está contento y vivo otra vez.
-Si, porque tú lo has cuidado…-dijo Maia aun sobreponiéndose.
-No, porque tu estás aquí.
-Pero…
-Tú eres mi misión, Maia. Debía encontrarte y presentarte a tu bosque. Ahora que os habéis conocido los dos os curaréis mucho más rápido. ¿Por qué crees que has estado siempre enferma?-esperó por si Maia contestaba pero no lo hizo.-El bosque alimenta tu vida como tu alimentas la del bosque. Yo solo lo he despertado para ti.
-¿Cómo voy a ser yo un hada?
-Lo eres-repitió Gaby con dulzura. –Ven, te mostraré algo.
Cogió delicadamente su mano y la llevo hasta un arbusto que recientemente había reverdecido.
Gaby sonrió divertida a la princesa y a continuación tocó con uno de sus finos dedos una rama del arbusto. Al instante esta se llenó de flores y Maia jadeó de emoción.
-Ahora tu-le indicó Gaby con impaciencia.
Maia, con timidez, alzó una mano. No bien su dedo rozó una hoja, todo el arbusto quedó cuajado de flores. Y más y más flores se extendieron a su alrededor contagiando a la hierba y a otros árboles y arbustos. La princesa se sentía fuerte y viva.
Gaby dio un gritito de alegría y agarró a Maia de la mano. Echó a correr hacia el interior del bosque arrastrándola con ella. Por donde Maia pisaba la hierba reverdecía. Lo que rozaba con sus dedos se llenaba de flores.
Ya habían pasado un par de horas desde que la princesa dejó a Zedran solo. El muchacho se había sentado sobre la hierba con la espalda apoyada en un árbol. Suspiraba de aburrimiento cuando observó con asombro que la hierba se volvía de un verde intenso a su alrededor, y que por todas partes surgían diminutas flores que lo inundaban todo.
Zedran se dio la vuelta, sobresaltado, y se encontró con una sonriente Maia, abrazada al árbol. Zedran miró hacia la copa del árbol y vio como se volvía verde y frondoso. Se dio cuenta de que todo el bosque había cambiado.
Maia estaba como nunca. Su pelo, normalmente sin vida, estaba brillante y más largo. Su rostro rezumaba vida y alegría. No quedaba nada de la princesa débil y enferma.
Zedran era incapaz de pronunciar palabra. En su interior palabras prohibidas pugnaban por salir. Frases plagadas de sentimientos que nunca podría pronunciar.
-Hola, Zedran-dijo Maia con voz éterea.
-Hola…
-Mi misión ya ha terminado-intervino Gaby.
Maia y Zedran se giraron para mirarla.
-¿Eso significa que te vas?-se adelantó Zedran.
-Ajá-asintió el hada sonriente.
-No te vayas, Gaby-rogó Maia.
-Ya no me queda nada que hacer aquí. El bosque ya tiene un hada para cuidarlo y mi labor ha concluido.
-¿Un hada?-pregunto Zedran sin comprender.
-Gracias por todo, Gaby-dijo Maia adelantándose y tomando las manos del hada entre las suyas.
-Gracias a vosotros-contestó abrazándola con ternura.
Luego se acercó a Zedran y lo abrazó también. Al separarse le sonrió pícaramente y le guió un ojo. Finalmente se separó de ellos y empezó a adentrarse en el bosque, donde poco a poco fue desapareciendo.
Zedran seguía mirando hacia donde el hada se había evaporado cuando Maia le tocó en el hombro. Cuando él se giró la princesa lo miró a los ojos con dulzura. Estaba leyendo en su corazón, tal y como había hecho Gaby la primera vez que lo vio en el claro.
Después de unos eternos segundos en los que ambos se miraron a los ojos a Maia se le aguaron los ojos y esbozó una preciosa sonrisa.
-Yo también te amo, Zedran.
Aquel reino nunca más fue oscuro ni triste y la reina Maia ordenó que se llamara “El reino de la luz”. Pero las gentes del reino, y también el rey Zedran y la reina Maia en secreto, lo llamaban “Gabylandia”.
Dedicado a Gaby Weasley
Gracias por llenar mi vida de luz
Te quiero geme
sábado
Capítulo 4
4
-¡Gaby! ¡Gaby!
Zedran alcanzó el lugar donde se encontraba el hada y la cogió por la cintura, levantándola y girando en el aire con ella.
-¡Gracias! ¡Gracias!-dijo abrazándola, cuando la dejó en el suelo.-Maia ha mejorado. Tu magia le quitó la fiebre.
-No esperaba menos-dijo ella sonriendo.
-Quiere conocerte. Ya quería hacerlo desde que llegaste pero por supuesto ahora tiene más motivos.-Zedran hablaba atropelladamente, aun no había roto el abrazo con el hada.-Quiere verte a ti, y al bosque rejuveneciendo…
-Dile que cuando esté completamente recuperada la esperaré aquí con mucho gusto.
-Si le digo eso, querrá venir a verte esta misma noche-rió Zedran.
-¡Te daré muchas más flores para que pueda venir!
-¡Gaby! ¡Gaby!
Zedran alcanzó el lugar donde se encontraba el hada y la cogió por la cintura, levantándola y girando en el aire con ella.
-¡Gracias! ¡Gracias!-dijo abrazándola, cuando la dejó en el suelo.-Maia ha mejorado. Tu magia le quitó la fiebre.
-No esperaba menos-dijo ella sonriendo.
-Quiere conocerte. Ya quería hacerlo desde que llegaste pero por supuesto ahora tiene más motivos.-Zedran hablaba atropelladamente, aun no había roto el abrazo con el hada.-Quiere verte a ti, y al bosque rejuveneciendo…
-Dile que cuando esté completamente recuperada la esperaré aquí con mucho gusto.
-Si le digo eso, querrá venir a verte esta misma noche-rió Zedran.
-¡Te daré muchas más flores para que pueda venir!
Capítulo 3
3
En cuanto se despertó, se puso sus sencillas ropas y salió corriendo de los aposentos de los criados.
Como cada mañana desde hacía unas semanas iba al bosque y pasaba las horas junto al hada. Cada día tenía que buscarla en un lugar diferente, pero no era difícil seguir la luz, aunque ésta era cada vez más tenue porque el bosque estaba ya algo más recuperado.
Aquella mañana la encontró cerca de un arrollo, chapoteando con sus pies descalzos sobre el agua clara. Tan hermosa como siempre, ese día llevaba el pelo recogido en una larga y gruesa trenza rubia.
-Hola, Gabriella.
-Hola, Zedran-dijo ella sonriendo.
-Me gusta el nuevo arrollo.
-Gracias. El bosque necesita más agua. No se cura suficientemente rápido.
-¿Acaso tienes prisa por terminar?
-Algo así…-dijo ella con una mirada misteriosa.-Te ocurre algo.-dijo después de unos minutos en los que ninguno habló.
-¿A mi?
-Ajá.
-No me ocurre nada.
-Sabes que puedo sentirlo.
Zedran suspiró profundamente.
-¿Recuerdas a mi amiga Maia?
-Claro. La princesa.
-Está muy enferma. Hace días que ni siquiera la veo. Cuando tiene tanta fiebre no me dejan ir a verla.
-Te importa mucho. Siento que sufres por ella.
-Claro que me importa. Es mi única amiga… Bueno, ahora también tú lo eres. Pero ella es mi amiga desde que éramos niños.
-Zedran… ¿Soy…soy tu amiga?-preguntó ella, mirándolo, emocionada.
-Por supuesto, no vendría a verte cada día si no lo fueras, Gabriela-afirmó el joven intentando sonreír a pesar de lo mal que se sentía.
-Llámame Gaby-dijo con una enorme sonrisa.
-Está bien-consintió él, un poco sorprendido.
Ella se puso de pie y se internó entre los árboles corriendo. Volvió enseguida con algo entre las manos. Se sentó de nuevo junto a Zedran y se llevó las manos al rostro. Aspiró profundamente y luego exhaló un aire casi luminoso. Zedran sintió que aquel aire lo alcanzaba a él y lo embriagaba de aroma a flores y a hierba fresca, esos nuevos olores a los que se había acostumbrado desde que el hada llegó al bosque.
Gaby bajó sus manos y las tendió, abiertas, hacia Zedran. En el hueco de sus manos había una única flor.
-Cógela y llévasela a la princesa.
Zedran corría hacia el castillo. Mientras avanzaba entre las casas del pueblo algunos aldeanos le increpaban. En el bolsillo de su camisa descansaba la flor del hada. Él sólo podía pensar en Maia. No soportaría perderla. Aunque no fue así desde un principio.
Cuando era pequeño su padre le obligaba a subir a la habitación de la enfermiza princesa para que la entretuviera, previa orden del rey, ya que era el único niño en palacio. Las primeras horas que compartieron juntos fueron incómodas y tediosas pero poco a poco se fueron haciendo amigos, hasta el punto de ser inseparables.
Cuando alcanzó la puerta de la habitación de Maia dio gracias porque el aya no se encontrara allí montando guardia como siempre. Entró rápido pero sigiloso y se aproximó en pocos pasos hasta la cama con dosel.
La princesa tenía la frente perlada de sudor y respiraba algo agitadamente. Su pelo castaño claro estaba mojado y enmarañado sobre la almohada.
-Maia-susurró Zedran. Pero la princesa no abrió los ojos ni salió de sus sueños febriles.
El joven sacó la flor de su bolsillo y la depositó dentro de la mano de su amiga, cerrando sus dedos con los suyos, para que conservara la flor en el interior de la mano.
Zedran se sentó en el filo de la cama y esperó.
En cuanto se despertó, se puso sus sencillas ropas y salió corriendo de los aposentos de los criados.
Como cada mañana desde hacía unas semanas iba al bosque y pasaba las horas junto al hada. Cada día tenía que buscarla en un lugar diferente, pero no era difícil seguir la luz, aunque ésta era cada vez más tenue porque el bosque estaba ya algo más recuperado.
Aquella mañana la encontró cerca de un arrollo, chapoteando con sus pies descalzos sobre el agua clara. Tan hermosa como siempre, ese día llevaba el pelo recogido en una larga y gruesa trenza rubia.
-Hola, Gabriella.
-Hola, Zedran-dijo ella sonriendo.
-Me gusta el nuevo arrollo.
-Gracias. El bosque necesita más agua. No se cura suficientemente rápido.
-¿Acaso tienes prisa por terminar?
-Algo así…-dijo ella con una mirada misteriosa.-Te ocurre algo.-dijo después de unos minutos en los que ninguno habló.
-¿A mi?
-Ajá.
-No me ocurre nada.
-Sabes que puedo sentirlo.
Zedran suspiró profundamente.
-¿Recuerdas a mi amiga Maia?
-Claro. La princesa.
-Está muy enferma. Hace días que ni siquiera la veo. Cuando tiene tanta fiebre no me dejan ir a verla.
-Te importa mucho. Siento que sufres por ella.
-Claro que me importa. Es mi única amiga… Bueno, ahora también tú lo eres. Pero ella es mi amiga desde que éramos niños.
-Zedran… ¿Soy…soy tu amiga?-preguntó ella, mirándolo, emocionada.
-Por supuesto, no vendría a verte cada día si no lo fueras, Gabriela-afirmó el joven intentando sonreír a pesar de lo mal que se sentía.
-Llámame Gaby-dijo con una enorme sonrisa.
-Está bien-consintió él, un poco sorprendido.
Ella se puso de pie y se internó entre los árboles corriendo. Volvió enseguida con algo entre las manos. Se sentó de nuevo junto a Zedran y se llevó las manos al rostro. Aspiró profundamente y luego exhaló un aire casi luminoso. Zedran sintió que aquel aire lo alcanzaba a él y lo embriagaba de aroma a flores y a hierba fresca, esos nuevos olores a los que se había acostumbrado desde que el hada llegó al bosque.
Gaby bajó sus manos y las tendió, abiertas, hacia Zedran. En el hueco de sus manos había una única flor.
-Cógela y llévasela a la princesa.
Zedran corría hacia el castillo. Mientras avanzaba entre las casas del pueblo algunos aldeanos le increpaban. En el bolsillo de su camisa descansaba la flor del hada. Él sólo podía pensar en Maia. No soportaría perderla. Aunque no fue así desde un principio.
Cuando era pequeño su padre le obligaba a subir a la habitación de la enfermiza princesa para que la entretuviera, previa orden del rey, ya que era el único niño en palacio. Las primeras horas que compartieron juntos fueron incómodas y tediosas pero poco a poco se fueron haciendo amigos, hasta el punto de ser inseparables.
Cuando alcanzó la puerta de la habitación de Maia dio gracias porque el aya no se encontrara allí montando guardia como siempre. Entró rápido pero sigiloso y se aproximó en pocos pasos hasta la cama con dosel.
La princesa tenía la frente perlada de sudor y respiraba algo agitadamente. Su pelo castaño claro estaba mojado y enmarañado sobre la almohada.
-Maia-susurró Zedran. Pero la princesa no abrió los ojos ni salió de sus sueños febriles.
El joven sacó la flor de su bolsillo y la depositó dentro de la mano de su amiga, cerrando sus dedos con los suyos, para que conservara la flor en el interior de la mano.
Zedran se sentó en el filo de la cama y esperó.
Capítulo 2
2
Zedran explicó su pequeña aventura al rey. La reunión fue privada y en los aposentos reales. Los guardias tenían orden de llevar al hijo del cocinero en presencia del rey en cuanto este hiciera acto de presencia en palacio.
-¿Sabes algo de hadas, muchacho?-preguntó el rey con seriedad, mientras miraba por el ventanal de su habitación.
-No, majestad. No más de lo que dicen los cuentos, al menos.
El rey permaneció unos largos segundos en silencio, observado la oscuridad.
-Daré orden de que nadie se acerque al bosque. Solo tú tienes mi permiso para ir. Ahora que se ha encariñado contigo, no tendrá reparo en hablarte. Ya puedes retirarte.
Zedran abandonó el ala de las estancias del rey y echó a andar a paso rápido hacia el final del pasillo. En la última puerta, había una anciana tejiendo en un mullido sillón.
-Ha preguntado varias veces por ti, muchacho-dijo señalando la puerta con un gesto de cabeza.
El muchacho abrió la pesada puerta en absoluto silencio y se deslizó en el interior. Unas pocas velas iluminaban una espaciosa y bonita habitación. Desde la cama con dosel, unos ojos grises lo miraban con alegría.
-¡Por fin has vuelto! ¡Mi aya me dijo donde fuiste! ¡Cuéntamelo todo!
Zedran acercó una silla hasta el lecho y se dispuso a quitarse la armadura.
-¡No te la quites! Te sienta muy bien-dijo la princesa sonriendo.
-¿Tú crees?-dijo Zedran haciendo posturitas.
-¡Si! Está claro que tu destino es ser caballero. Hasta la armadura te sienta bien.
-Bueno pero por hoy ya basta. Pesa como un demonio, ¿sabes?-y dejando el casco sobre la silla se dispuso a quitarse el peto.-Bueno, ¿por donde quieres que empiece?-dijo con voz metálica, con la cabeza dentro de la armadura mientras luchaba por salir de ella.
-¡Por el principio por supuesto!-dijo Maia.
Zedran le relató con pelos y señales a Maia toda la historia del hada que se hacía llamar Gabriela. La princesa, recostada entre los almohadones, escuchaba extasiada los detalles como si ella misma hubiera estado en el claro del bosque.
-Quisiera poder verla-dijo Maia medio dormida.
-Cuando te pongas bien te llevaré-le dijo él, acariciándole el pelo.
Zedran explicó su pequeña aventura al rey. La reunión fue privada y en los aposentos reales. Los guardias tenían orden de llevar al hijo del cocinero en presencia del rey en cuanto este hiciera acto de presencia en palacio.
-¿Sabes algo de hadas, muchacho?-preguntó el rey con seriedad, mientras miraba por el ventanal de su habitación.
-No, majestad. No más de lo que dicen los cuentos, al menos.
El rey permaneció unos largos segundos en silencio, observado la oscuridad.
-Daré orden de que nadie se acerque al bosque. Solo tú tienes mi permiso para ir. Ahora que se ha encariñado contigo, no tendrá reparo en hablarte. Ya puedes retirarte.
Zedran abandonó el ala de las estancias del rey y echó a andar a paso rápido hacia el final del pasillo. En la última puerta, había una anciana tejiendo en un mullido sillón.
-Ha preguntado varias veces por ti, muchacho-dijo señalando la puerta con un gesto de cabeza.
El muchacho abrió la pesada puerta en absoluto silencio y se deslizó en el interior. Unas pocas velas iluminaban una espaciosa y bonita habitación. Desde la cama con dosel, unos ojos grises lo miraban con alegría.
-¡Por fin has vuelto! ¡Mi aya me dijo donde fuiste! ¡Cuéntamelo todo!
Zedran acercó una silla hasta el lecho y se dispuso a quitarse la armadura.
-¡No te la quites! Te sienta muy bien-dijo la princesa sonriendo.
-¿Tú crees?-dijo Zedran haciendo posturitas.
-¡Si! Está claro que tu destino es ser caballero. Hasta la armadura te sienta bien.
-Bueno pero por hoy ya basta. Pesa como un demonio, ¿sabes?-y dejando el casco sobre la silla se dispuso a quitarse el peto.-Bueno, ¿por donde quieres que empiece?-dijo con voz metálica, con la cabeza dentro de la armadura mientras luchaba por salir de ella.
-¡Por el principio por supuesto!-dijo Maia.
Zedran le relató con pelos y señales a Maia toda la historia del hada que se hacía llamar Gabriela. La princesa, recostada entre los almohadones, escuchaba extasiada los detalles como si ella misma hubiera estado en el claro del bosque.
-Quisiera poder verla-dijo Maia medio dormida.
-Cuando te pongas bien te llevaré-le dijo él, acariciándole el pelo.
Capítulo 1
1
Era una mañana oscura en el pequeño reino. Otra mañana oscura. Los habitantes del lugar ya no recordaban lo que era un día luminoso por aquellas tierras. Los árboles siempre estaban mustios. El cielo era permanentemente gris. La gente estaba siempre alicaída.
Se cuenta que allí reinaba un monarca muy severo. No era malo ni mucho menos. Pero en su afán de hacer cumplir las leyes, en ocasiones se excedía, y eso hacía que se le tuviera un respeto bastante cercano al miedo. El rey Lorthus era viudo desde hacia muchos años, ya que su esposa murió al dar a luz a su primera y única hija.
La princesa Maia, que era como se llamaba la hija del rey, era una criatura frágil y enfermiza que se había pasado casi toda su vida en cama debido a su inestable salud.
Una noche como otra cualquiera, es decir fría y sin estrellas, sucedió algo que quebrantó el sueño de muchos en el reino. En lo profundo del bosque irradiaba una brillante luz, que hizo que los más ancianos creyesen que volvía a despertarles la suave luz matutina del sol. Pero no era de día, sino noche cerrada.
Aquella luz siguió brillando al día siguiente, y por la noche… y al día siguiente… Y las gentes de aquellas tierras, que tan acostumbradas estaban ya a la lúgubre y tenue luz desconfiaban abiertamente de aquella fuente de luminosidad que seguía destellando en el bosque.
El gabinete del rey decidió tomar cartas en el asunto. Enviarían un explorador al bosque para que descubriera qué se escondía dentro de aquel fulgor. Y cuando regresara, juntos decidirían como acabar con aquella cosa, fuera lo que fuese, que estaba alterando sus tranquilas y monótonas vidas.
Ninguno de los valientes hombres que servían al monarca se ofreció voluntario para la tarea. Y cuando los consejeros y el rey estaban a punto de reunirse para elegir a alguien y que no pudiese negarse, el hijo del cocinero de palacio se adelantó.
-Majestad-dijo el joven hincando la rodilla en el suelo e inclinando la cabeza.-Yo me ofrezco voluntario para ir al bosque, si me lo permitís.
Tras unas breves palabras con el consejo, el rey autorizó al chico a que realizara la misión, ya que como bien le dijeron los consejeros: “Mejor perder al hijo del cocinero que a uno de los caballeros de la corona”.
Zedran era el nombre del aprendiz de cocinero.
Tras salir de la sala de audiencias Zedran fue llevado a la armería de palacio, donde le pusieron una armadura digna de un caballero y lo armaron con una espléndida espada. Ataviado como un miembro del ejército real Zedran inició el descenso desde la fortaleza y encaminó sus pasos al bosque, donde la luz seguía brillando con fuerza.
En el linde del bosque se detuvo. No sería difícil encontrar el lugar indicado pues el fulgor era claro e intenso. Desenvainó su espada. No tenía miedo, o al menos no quería reconocerlo, pero como para tantos otros, lo desconocido le causaba un poco de desasosiego. Sin embargo también sentía emoción. Por fin podría demostrarle al rey que estaba hecho para ser un caballero de la guardia real, y no un cocinero.
Comenzó su andadura y se internó en el bosque. Normalmente aquel hubiera sido un lugar muy oscuro, casi completamente sumergido en la negrura. Pues en lo profundo del bosque apenas llegaba la tenue luz del día. Pero ahora estaba aquella luz, más intensa a medida que se acercaba.
No mucho rato después, el brillo intenso empezó a molestarle notablemente y enseguida se encontró en lo que él conocía como un pequeño claro. Pero ahora no podía verlo. El fulgor blanco le cegaba y avanzó a tientas unos metros. Un árbol caído se cruzó en su camino y lo hizo caer de bruces en el suelo.
Mientras se maldecía por su torpeza, la luz desapareció.
Aun con la cara contra la alfombra de hojas y los ojos cerrados fue consciente del abrupto cambio en la iluminación del claro. Respiró un par de veces y levantó la cabeza.
En medio del claro había una joven. Era bellísima y lo miraba con una mezcla de miedo y curiosidad.
Zedran, sin dejar de mirarla, apoyó las manos en la hojarasca para ponerse de pie. La chica hizo amago de darse la vuelta para salir corriendo.
-¡No! ¡No! ¡Espera, por favor!-dijo el chico aún con una rodilla en el suelo.- ¡No voy a hacerte nada!
La chica se quedó mirándolo.
-¿Quién eres?-preguntó Zedran. Ella siguió mirándolo sin decir nada.- ¿Qué haces aquí?
El falso caballero dejó su espada a un lado para que ella no se sintiera amenazada.
-No deberías abandonar tu arma tan a la ligera-le indicó la joven con voz suave.
Zedran sonrió.
-Nunca usaría mi espada contra una doncella tan hermosa como tu.
Ella relajó un tanto su postura. Y lo observó mientras se erguía en pie, por fin, cual alto era.
-¿Qué haces aquí?-repitió Zedran.
-¿Y tu?
El joven arqueó las cejas.
-Me envía el rey a descubrir que perturba la tranquilidad de su reino. ¿La luz del bosque es cosa tuya?
Ella asintió con la cabeza con una media sonrisa y dio un par de pasos hacia él.
-¿Qué es esa luz?-preguntó Zedran.
Ella caminó lentamente hasta él y cuando estuvo muy cerca se detuvo y lo miró a los ojos.
-¿Qué estas haciendo?-dijo Zedran gentilmente y con una sonrisa.
-Miro en tu corazón-dijo ella sonriendo ligeramente.
-¿Y qué ves?-dijo él, francamente divertido.
-Mmm…-la joven se mordió el labio.-Veo generosidad… y alegría… ¡Y ganas de amar!-añadió con una sonrisa radiante.
-¿En serio ves todo eso?-preguntó él, algo ruborizado.
-Claro, soy un hada-dijo ella con una sonrisa rompiendo el contacto visual entre los dos y dándose la vuelta para sentarse sobre un tronco con algo de musgo.
Zedran se había quedado de piedra.
-¿Un hada? ¿Eres un hada?
-Ajá-asintió ella sonriendo.
Cuando sonreía no solo lo hacía su boca. Sus ojos y hasta su piel parecían sonreír.
Zedran se aproximó con cautela y se sentó en el extremo del tronco.
-¿Y qué… qué hace aquí un… hada?
Ella miró en todas direcciones como si alguien los estuviera escuchando y luego se inclinó y con una pícara sonrisa susurró:
-Tengo una misión que cumplir.
-¿Una misión? ¿Qué misión?
-No puedo decírtelo-dijo el hada como si fuera obvio.
-Ah… ¿por qué no?
-Solo un humano puede conocer mi misión. Y no eres tú.
-¿Y cómo sabes que no soy yo? Estás hablando conmigo, ¿no?
Ella pareció meditarlo unos instantes.
-He hablado contigo porque no he visto mal en ti. Pero tú no eres quien busco porque eres varón, y me dijeron que tenía que buscar a una doncella.
-¿Y sabes cómo es? ¿O como se llama?
-No-dijo ella con un tono triste.-Pero tarde o temprano la encontraré-añadió radiante.
-Que optimista-dijo Zedran gentil.
-No está en la naturaleza de un hada sentirse triste-le contestó con una sonrisa.
Zedran la miró unos segundos, inundado de su belleza. Su pelo rojizo le caía en bucles por la espalda hasta la cintura.
-¿Qué era esa luz?
-Ahm… Estoy curando el bosque. Cuando llegué estaba todo triste y mustio. No es un lugar muy apropiado para vivir, ¿no crees?
-¿Vivir?
-Claro. Me quedaré aquí hasta que cumpla mi misión.
-Pues debes saber que en el reino no están muy contentos con tu luz.
-¿Por que?
-Resulta extraño ver brillar el bosque, ¿no te parece?
-No.
-Bueno, tú eres un hada, puede que para ti no sea nada raro. Pero en el pueblo todos desconfían.
-Pues diles que no se preocupen-dijo posando una mano sobre la de Zedran.-No saldré del bosque mientras esté aquí, así que lo curaré hasta que esté verde y precioso. Será el precio que pagaré a cambio de que me prestéis vuestro bosque.
Zedran sonrió por enésima vez. El tacto del hada era cálido y suave.
-Se lo diré al rey.-Y tras una breve pausa de intensas miradas añadió.-No me has dicho como te llamas.
-Me llamo Gabriela-dijo el hada apartando su mano por fin.
-Yo me llamo Zedran.
-Está bien. Pues adiós, Zedran-dijo ella con dulzura.
-¿Adiós?-preguntó el joven algo descolocado.
Ella asintió con la cabeza.
-Te esperan en palacio, joven caballero.-El hada alzó una mano y la colocó en el rostro de Zedran.- Llévales las noticias que tanto esperan.
Y con la más infinita suavidad deslizó su mano por la cara de Zedran, que no pudo evitar cerrar los ojos ante la sensación.
Cuando abrió los ojos se encontraba en el linde del bosque y la luz del hada quedaba muy lejos, en la espesura.
Era una mañana oscura en el pequeño reino. Otra mañana oscura. Los habitantes del lugar ya no recordaban lo que era un día luminoso por aquellas tierras. Los árboles siempre estaban mustios. El cielo era permanentemente gris. La gente estaba siempre alicaída.
Se cuenta que allí reinaba un monarca muy severo. No era malo ni mucho menos. Pero en su afán de hacer cumplir las leyes, en ocasiones se excedía, y eso hacía que se le tuviera un respeto bastante cercano al miedo. El rey Lorthus era viudo desde hacia muchos años, ya que su esposa murió al dar a luz a su primera y única hija.
La princesa Maia, que era como se llamaba la hija del rey, era una criatura frágil y enfermiza que se había pasado casi toda su vida en cama debido a su inestable salud.
Una noche como otra cualquiera, es decir fría y sin estrellas, sucedió algo que quebrantó el sueño de muchos en el reino. En lo profundo del bosque irradiaba una brillante luz, que hizo que los más ancianos creyesen que volvía a despertarles la suave luz matutina del sol. Pero no era de día, sino noche cerrada.
Aquella luz siguió brillando al día siguiente, y por la noche… y al día siguiente… Y las gentes de aquellas tierras, que tan acostumbradas estaban ya a la lúgubre y tenue luz desconfiaban abiertamente de aquella fuente de luminosidad que seguía destellando en el bosque.
El gabinete del rey decidió tomar cartas en el asunto. Enviarían un explorador al bosque para que descubriera qué se escondía dentro de aquel fulgor. Y cuando regresara, juntos decidirían como acabar con aquella cosa, fuera lo que fuese, que estaba alterando sus tranquilas y monótonas vidas.
Ninguno de los valientes hombres que servían al monarca se ofreció voluntario para la tarea. Y cuando los consejeros y el rey estaban a punto de reunirse para elegir a alguien y que no pudiese negarse, el hijo del cocinero de palacio se adelantó.
-Majestad-dijo el joven hincando la rodilla en el suelo e inclinando la cabeza.-Yo me ofrezco voluntario para ir al bosque, si me lo permitís.
Tras unas breves palabras con el consejo, el rey autorizó al chico a que realizara la misión, ya que como bien le dijeron los consejeros: “Mejor perder al hijo del cocinero que a uno de los caballeros de la corona”.
Zedran era el nombre del aprendiz de cocinero.
Tras salir de la sala de audiencias Zedran fue llevado a la armería de palacio, donde le pusieron una armadura digna de un caballero y lo armaron con una espléndida espada. Ataviado como un miembro del ejército real Zedran inició el descenso desde la fortaleza y encaminó sus pasos al bosque, donde la luz seguía brillando con fuerza.
En el linde del bosque se detuvo. No sería difícil encontrar el lugar indicado pues el fulgor era claro e intenso. Desenvainó su espada. No tenía miedo, o al menos no quería reconocerlo, pero como para tantos otros, lo desconocido le causaba un poco de desasosiego. Sin embargo también sentía emoción. Por fin podría demostrarle al rey que estaba hecho para ser un caballero de la guardia real, y no un cocinero.
Comenzó su andadura y se internó en el bosque. Normalmente aquel hubiera sido un lugar muy oscuro, casi completamente sumergido en la negrura. Pues en lo profundo del bosque apenas llegaba la tenue luz del día. Pero ahora estaba aquella luz, más intensa a medida que se acercaba.
No mucho rato después, el brillo intenso empezó a molestarle notablemente y enseguida se encontró en lo que él conocía como un pequeño claro. Pero ahora no podía verlo. El fulgor blanco le cegaba y avanzó a tientas unos metros. Un árbol caído se cruzó en su camino y lo hizo caer de bruces en el suelo.
Mientras se maldecía por su torpeza, la luz desapareció.
Aun con la cara contra la alfombra de hojas y los ojos cerrados fue consciente del abrupto cambio en la iluminación del claro. Respiró un par de veces y levantó la cabeza.
En medio del claro había una joven. Era bellísima y lo miraba con una mezcla de miedo y curiosidad.
Zedran, sin dejar de mirarla, apoyó las manos en la hojarasca para ponerse de pie. La chica hizo amago de darse la vuelta para salir corriendo.
-¡No! ¡No! ¡Espera, por favor!-dijo el chico aún con una rodilla en el suelo.- ¡No voy a hacerte nada!
La chica se quedó mirándolo.
-¿Quién eres?-preguntó Zedran. Ella siguió mirándolo sin decir nada.- ¿Qué haces aquí?
El falso caballero dejó su espada a un lado para que ella no se sintiera amenazada.
-No deberías abandonar tu arma tan a la ligera-le indicó la joven con voz suave.
Zedran sonrió.
-Nunca usaría mi espada contra una doncella tan hermosa como tu.
Ella relajó un tanto su postura. Y lo observó mientras se erguía en pie, por fin, cual alto era.
-¿Qué haces aquí?-repitió Zedran.
-¿Y tu?
El joven arqueó las cejas.
-Me envía el rey a descubrir que perturba la tranquilidad de su reino. ¿La luz del bosque es cosa tuya?
Ella asintió con la cabeza con una media sonrisa y dio un par de pasos hacia él.
-¿Qué es esa luz?-preguntó Zedran.
Ella caminó lentamente hasta él y cuando estuvo muy cerca se detuvo y lo miró a los ojos.
-¿Qué estas haciendo?-dijo Zedran gentilmente y con una sonrisa.
-Miro en tu corazón-dijo ella sonriendo ligeramente.
-¿Y qué ves?-dijo él, francamente divertido.
-Mmm…-la joven se mordió el labio.-Veo generosidad… y alegría… ¡Y ganas de amar!-añadió con una sonrisa radiante.
-¿En serio ves todo eso?-preguntó él, algo ruborizado.
-Claro, soy un hada-dijo ella con una sonrisa rompiendo el contacto visual entre los dos y dándose la vuelta para sentarse sobre un tronco con algo de musgo.
Zedran se había quedado de piedra.
-¿Un hada? ¿Eres un hada?
-Ajá-asintió ella sonriendo.
Cuando sonreía no solo lo hacía su boca. Sus ojos y hasta su piel parecían sonreír.
Zedran se aproximó con cautela y se sentó en el extremo del tronco.
-¿Y qué… qué hace aquí un… hada?
Ella miró en todas direcciones como si alguien los estuviera escuchando y luego se inclinó y con una pícara sonrisa susurró:
-Tengo una misión que cumplir.
-¿Una misión? ¿Qué misión?
-No puedo decírtelo-dijo el hada como si fuera obvio.
-Ah… ¿por qué no?
-Solo un humano puede conocer mi misión. Y no eres tú.
-¿Y cómo sabes que no soy yo? Estás hablando conmigo, ¿no?
Ella pareció meditarlo unos instantes.
-He hablado contigo porque no he visto mal en ti. Pero tú no eres quien busco porque eres varón, y me dijeron que tenía que buscar a una doncella.
-¿Y sabes cómo es? ¿O como se llama?
-No-dijo ella con un tono triste.-Pero tarde o temprano la encontraré-añadió radiante.
-Que optimista-dijo Zedran gentil.
-No está en la naturaleza de un hada sentirse triste-le contestó con una sonrisa.
Zedran la miró unos segundos, inundado de su belleza. Su pelo rojizo le caía en bucles por la espalda hasta la cintura.
-¿Qué era esa luz?
-Ahm… Estoy curando el bosque. Cuando llegué estaba todo triste y mustio. No es un lugar muy apropiado para vivir, ¿no crees?
-¿Vivir?
-Claro. Me quedaré aquí hasta que cumpla mi misión.
-Pues debes saber que en el reino no están muy contentos con tu luz.
-¿Por que?
-Resulta extraño ver brillar el bosque, ¿no te parece?
-No.
-Bueno, tú eres un hada, puede que para ti no sea nada raro. Pero en el pueblo todos desconfían.
-Pues diles que no se preocupen-dijo posando una mano sobre la de Zedran.-No saldré del bosque mientras esté aquí, así que lo curaré hasta que esté verde y precioso. Será el precio que pagaré a cambio de que me prestéis vuestro bosque.
Zedran sonrió por enésima vez. El tacto del hada era cálido y suave.
-Se lo diré al rey.-Y tras una breve pausa de intensas miradas añadió.-No me has dicho como te llamas.
-Me llamo Gabriela-dijo el hada apartando su mano por fin.
-Yo me llamo Zedran.
-Está bien. Pues adiós, Zedran-dijo ella con dulzura.
-¿Adiós?-preguntó el joven algo descolocado.
Ella asintió con la cabeza.
-Te esperan en palacio, joven caballero.-El hada alzó una mano y la colocó en el rostro de Zedran.- Llévales las noticias que tanto esperan.
Y con la más infinita suavidad deslizó su mano por la cara de Zedran, que no pudo evitar cerrar los ojos ante la sensación.
Cuando abrió los ojos se encontraba en el linde del bosque y la luz del hada quedaba muy lejos, en la espesura.
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