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Era una mañana oscura en el pequeño reino. Otra mañana oscura. Los habitantes del lugar ya no recordaban lo que era un día luminoso por aquellas tierras. Los árboles siempre estaban mustios. El cielo era permanentemente gris. La gente estaba siempre alicaída.
Se cuenta que allí reinaba un monarca muy severo. No era malo ni mucho menos. Pero en su afán de hacer cumplir las leyes, en ocasiones se excedía, y eso hacía que se le tuviera un respeto bastante cercano al miedo. El rey Lorthus era viudo desde hacia muchos años, ya que su esposa murió al dar a luz a su primera y única hija.
La princesa Maia, que era como se llamaba la hija del rey, era una criatura frágil y enfermiza que se había pasado casi toda su vida en cama debido a su inestable salud.
Una noche como otra cualquiera, es decir fría y sin estrellas, sucedió algo que quebrantó el sueño de muchos en el reino. En lo profundo del bosque irradiaba una brillante luz, que hizo que los más ancianos creyesen que volvía a despertarles la suave luz matutina del sol. Pero no era de día, sino noche cerrada.
Aquella luz siguió brillando al día siguiente, y por la noche… y al día siguiente… Y las gentes de aquellas tierras, que tan acostumbradas estaban ya a la lúgubre y tenue luz desconfiaban abiertamente de aquella fuente de luminosidad que seguía destellando en el bosque.
El gabinete del rey decidió tomar cartas en el asunto. Enviarían un explorador al bosque para que descubriera qué se escondía dentro de aquel fulgor. Y cuando regresara, juntos decidirían como acabar con aquella cosa, fuera lo que fuese, que estaba alterando sus tranquilas y monótonas vidas.
Ninguno de los valientes hombres que servían al monarca se ofreció voluntario para la tarea. Y cuando los consejeros y el rey estaban a punto de reunirse para elegir a alguien y que no pudiese negarse, el hijo del cocinero de palacio se adelantó.
-Majestad-dijo el joven hincando la rodilla en el suelo e inclinando la cabeza.-Yo me ofrezco voluntario para ir al bosque, si me lo permitís.
Tras unas breves palabras con el consejo, el rey autorizó al chico a que realizara la misión, ya que como bien le dijeron los consejeros: “Mejor perder al hijo del cocinero que a uno de los caballeros de la corona”.
Zedran era el nombre del aprendiz de cocinero.
Tras salir de la sala de audiencias Zedran fue llevado a la armería de palacio, donde le pusieron una armadura digna de un caballero y lo armaron con una espléndida espada. Ataviado como un miembro del ejército real Zedran inició el descenso desde la fortaleza y encaminó sus pasos al bosque, donde la luz seguía brillando con fuerza.
En el linde del bosque se detuvo. No sería difícil encontrar el lugar indicado pues el fulgor era claro e intenso. Desenvainó su espada. No tenía miedo, o al menos no quería reconocerlo, pero como para tantos otros, lo desconocido le causaba un poco de desasosiego. Sin embargo también sentía emoción. Por fin podría demostrarle al rey que estaba hecho para ser un caballero de la guardia real, y no un cocinero.
Comenzó su andadura y se internó en el bosque. Normalmente aquel hubiera sido un lugar muy oscuro, casi completamente sumergido en la negrura. Pues en lo profundo del bosque apenas llegaba la tenue luz del día. Pero ahora estaba aquella luz, más intensa a medida que se acercaba.
No mucho rato después, el brillo intenso empezó a molestarle notablemente y enseguida se encontró en lo que él conocía como un pequeño claro. Pero ahora no podía verlo. El fulgor blanco le cegaba y avanzó a tientas unos metros. Un árbol caído se cruzó en su camino y lo hizo caer de bruces en el suelo.
Mientras se maldecía por su torpeza, la luz desapareció.
Aun con la cara contra la alfombra de hojas y los ojos cerrados fue consciente del abrupto cambio en la iluminación del claro. Respiró un par de veces y levantó la cabeza.
En medio del claro había una joven. Era bellísima y lo miraba con una mezcla de miedo y curiosidad.
Zedran, sin dejar de mirarla, apoyó las manos en la hojarasca para ponerse de pie. La chica hizo amago de darse la vuelta para salir corriendo.
-¡No! ¡No! ¡Espera, por favor!-dijo el chico aún con una rodilla en el suelo.- ¡No voy a hacerte nada!
La chica se quedó mirándolo.
-¿Quién eres?-preguntó Zedran. Ella siguió mirándolo sin decir nada.- ¿Qué haces aquí?
El falso caballero dejó su espada a un lado para que ella no se sintiera amenazada.
-No deberías abandonar tu arma tan a la ligera-le indicó la joven con voz suave.
Zedran sonrió.
-Nunca usaría mi espada contra una doncella tan hermosa como tu.
Ella relajó un tanto su postura. Y lo observó mientras se erguía en pie, por fin, cual alto era.
-¿Qué haces aquí?-repitió Zedran.
-¿Y tu?
El joven arqueó las cejas.
-Me envía el rey a descubrir que perturba la tranquilidad de su reino. ¿La luz del bosque es cosa tuya?
Ella asintió con la cabeza con una media sonrisa y dio un par de pasos hacia él.
-¿Qué es esa luz?-preguntó Zedran.
Ella caminó lentamente hasta él y cuando estuvo muy cerca se detuvo y lo miró a los ojos.
-¿Qué estas haciendo?-dijo Zedran gentilmente y con una sonrisa.
-Miro en tu corazón-dijo ella sonriendo ligeramente.
-¿Y qué ves?-dijo él, francamente divertido.
-Mmm…-la joven se mordió el labio.-Veo generosidad… y alegría… ¡Y ganas de amar!-añadió con una sonrisa radiante.
-¿En serio ves todo eso?-preguntó él, algo ruborizado.
-Claro, soy un hada-dijo ella con una sonrisa rompiendo el contacto visual entre los dos y dándose la vuelta para sentarse sobre un tronco con algo de musgo.
Zedran se había quedado de piedra.
-¿Un hada? ¿Eres un hada?
-Ajá-asintió ella sonriendo.
Cuando sonreía no solo lo hacía su boca. Sus ojos y hasta su piel parecían sonreír.
Zedran se aproximó con cautela y se sentó en el extremo del tronco.
-¿Y qué… qué hace aquí un… hada?
Ella miró en todas direcciones como si alguien los estuviera escuchando y luego se inclinó y con una pícara sonrisa susurró:
-Tengo una misión que cumplir.
-¿Una misión? ¿Qué misión?
-No puedo decírtelo-dijo el hada como si fuera obvio.
-Ah… ¿por qué no?
-Solo un humano puede conocer mi misión. Y no eres tú.
-¿Y cómo sabes que no soy yo? Estás hablando conmigo, ¿no?
Ella pareció meditarlo unos instantes.
-He hablado contigo porque no he visto mal en ti. Pero tú no eres quien busco porque eres varón, y me dijeron que tenía que buscar a una doncella.
-¿Y sabes cómo es? ¿O como se llama?
-No-dijo ella con un tono triste.-Pero tarde o temprano la encontraré-añadió radiante.
-Que optimista-dijo Zedran gentil.
-No está en la naturaleza de un hada sentirse triste-le contestó con una sonrisa.
Zedran la miró unos segundos, inundado de su belleza. Su pelo rojizo le caía en bucles por la espalda hasta la cintura.
-¿Qué era esa luz?
-Ahm… Estoy curando el bosque. Cuando llegué estaba todo triste y mustio. No es un lugar muy apropiado para vivir, ¿no crees?
-¿Vivir?
-Claro. Me quedaré aquí hasta que cumpla mi misión.
-Pues debes saber que en el reino no están muy contentos con tu luz.
-¿Por que?
-Resulta extraño ver brillar el bosque, ¿no te parece?
-No.
-Bueno, tú eres un hada, puede que para ti no sea nada raro. Pero en el pueblo todos desconfían.
-Pues diles que no se preocupen-dijo posando una mano sobre la de Zedran.-No saldré del bosque mientras esté aquí, así que lo curaré hasta que esté verde y precioso. Será el precio que pagaré a cambio de que me prestéis vuestro bosque.
Zedran sonrió por enésima vez. El tacto del hada era cálido y suave.
-Se lo diré al rey.-Y tras una breve pausa de intensas miradas añadió.-No me has dicho como te llamas.
-Me llamo Gabriela-dijo el hada apartando su mano por fin.
-Yo me llamo Zedran.
-Está bien. Pues adiós, Zedran-dijo ella con dulzura.
-¿Adiós?-preguntó el joven algo descolocado.
Ella asintió con la cabeza.
-Te esperan en palacio, joven caballero.-El hada alzó una mano y la colocó en el rostro de Zedran.- Llévales las noticias que tanto esperan.
Y con la más infinita suavidad deslizó su mano por la cara de Zedran, que no pudo evitar cerrar los ojos ante la sensación.
Cuando abrió los ojos se encontraba en el linde del bosque y la luz del hada quedaba muy lejos, en la espesura.
sábado
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